Mudanzas

Septiembre es mes de mudanzas, de comienzos…
Este año me he mudado y cada maleta que hacía me recordaba a mis mudanzas anteriores.
Sobre todo, he recordado los retos asociados a mudarte a otro país.
El primero de todos es conseguir que toda tu vida quepa en una maleta de 20 kg. Gracias al límite de las maletas facturadas, aprendí pronto que ese vestido que me encanta es poco práctico y que las botas de invierno, como pesan tanto, deben ir en la maleta de mano o debo llevarlas puestas en el avión, por muy incómodo que sea.
Sin embargo, cuando aterrizas en tu nuevo país de acogida, te das cuenta de que la parte del avión era la fácil.
El primer golpe de realidad llega en aduanas. Si tienes la suerte de tener el pasaporte adecuado, todo va bien. Pero, si no lo tienes, el proceso migratorio que empezó seguramente meses antes culmina enfrentándote a un oficial de inmigración que normalmente no tiene ninguna gana de ayudarte.
Cuando llegas, por fin, a tu nueva casa, los retos son aún mayores si te has mudado a ese país con una fecha de vuelta a tu país de origen.
Quizá lo más difícil es sentirte en casa en el extranjero.
Al principio son pequeñas cosas.
Encuentras una salsa de tomate que te recuerda a la que comprabas en casa.
La cajera del supermercado te reconoce.
Alguien a quien ves cada mañana te da los buenos días, ya sea el portero de un edificio o un vecino.
Te aprendes de memoria el camino diario al trabajo y ya no necesitas usar Google Maps cada día.
Al llegar a casa, el olor ya te resulta familiar.
Y estos son simplemente detalles. Lo que finalmente te hace sentir en casa es la gente de la que te rodeas en tu nuevo hogar. Hacer amigos es fácil si estás en el mundo universitario, donde te sientas cada día con jóvenes de tu edad en un aula durante horas.
Sin embargo, si te has marchado al extranjero a trabajar, hacer amigos se complica. En tu puesto de trabajo habrá gente de todas las edades y situaciones y, a veces, hay un ambiente agradable que propicia la amistad; otras veces, no.
Cuando consigues hacer un amigo, suele ser un extranjero igual que tú. Los locales rara vez te abren sus puertas o, si consigues hacer un amigo local, es después de mucho tiempo y esfuerzo. Ellos ya tienen sus vidas montadas, sus grupos de amigos, sus parejas y sus problemas.
Pero siempre es fácil encontrar a otro extranjero que está igual que tú: perdido y solo. Esa persona se convertirá en tu mejor amigo en el plazo de una semana.
Y es que todo tiene fecha de caducidad, incluso las amistades. ¿Se puede generar una relación profunda y real si sabes que esa persona y tú solo vais a vivir cinco meses en la misma ciudad y luego quizá nunca más os volveréis a ver?
Sorprendentemente, el resultado es que la fecha de caducidad, en vez de crear relaciones superficiales, hace que todo tenga mucha más intensidad.
La cuenta atrás te obliga a no dejar ningún museo sin visitar, ningún plan sin hacer, ninguna experiencia sin vivir, ninguna comida sin probar y ninguna fiesta sin celebrar. Y esas personas que te acompañan se quedan para siempre en tu corazón y en tu vida, de alguna manera.
Cuando la cuenta atrás acabe, volverás a hacer esa maleta de 20 kg y ahora será mucho más difícil, porque has comprado mil cosas en destino y cada objeto es un recuerdo de un momento único que no quieres olvidar.
Darás un paseo por tus sitios de confianza a modo de despedida: el bar de los viernes, la cafetería donde venden ese dulce que te encanta, la lavandería que te salvó la vida cuando se te rompió la lavadora, la esquina donde te caíste de la bicicleta…
Los abrazos finales son lo más duro. Despedirte de esas personas que han sido tu apoyo emocional durante este periodo y que ahora no sabes cuándo volverás a ver… o si las volverás a ver.
Otra vez al avión, otro aeropuerto más. ¿Algún hogar prestado será el definitivo?
