Depresión post-Erasmus

«España es un ex-novio del que no quiero hablar.»

Estábamos en el coche, camino del aeropuerto. Yo conducía mientras mi amiga estadounidense me decía estas palabras, a punto de subirse a un avión para irse de España y volver al país que la vio nacer.

«España es un ex-novio del que no quiero hablar.»

Conozco bien ese sentimiento: volver a tu país de origen a regañadientes, deseando marcharte de nuevo, buscando el siguiente destino, decepcionada porque intentaste quedarte en tu nuevo hogar y no salió bien.

En casa, al principio, hay mucha euforia. Tu familia y amigos están deseando verte, contarte cosas y que tú también les cuentes. Incluso puede que tengas un ligue pendiente que le dio like a todas tus fotos religiosamente mientras estabas fuera.

Pero la emoción pasa y vuelves a la rutina: la casa familiar, vivir con tus padres, los mismos círculos de amigos, bares y fiestas.

La misma vista desde tu ventana, las mismas comidas, los mismos planes, los mismos lugares…

Cuando tu madre te ha preparado tu plato favorito y te has emborrachado con tus amigos, surge la terrible pregunta: ¿Y ya está? ¿Esto es lo que me espera el resto de mi vida?

Depresión post-Erasmus de manual. No me lo invento. Por lo visto, es hasta normal.

Post Erasmus, post intento migratorio o post esa oportunidad laboral que parecía que iba a salir bien.

Y puede que saliera bien. Pero terminó. Y ahora te toca lidiar con todo lo que implica dejar un lugar que has llegado a considerar tu hogar, sabiendo que quizá nunca vuelvas.

La otra batalla es con tu entorno. Ellos siguen igual. Y tú has cambiado muchísimo. ¿Es que no lo ven?

Te sientes una impostora, viviendo tu vida anterior como una actriz que interpreta un papel, cuando tu verdadero yo debería estar en otro sitio, haciendo cosas distintas, hablando otro idioma, subiendo a otros autobuses.

Como ocurre cuando acabas una relación, después del shock de la ruptura comienzas a idealizar el pasado.

Recuerdas con cariño el olor asqueroso a queso derretido que salía de la boca de metro porque había un puesto de bocadillos esperándote abajo.

Cuentas una y otra vez aquella misma anécdota, entre lágrimas de risa, sobre ese malentendido cultural que solo a ti te hace gracia.

Escuchas repetidamente las mismas canciones y los mismos grupos que sonaban en la radio o en los bares allí. Ves series y películas de allí, lees sus noticias en el periódico online de allí

Intentas recrear recetas que preparabas allí, con alimentos y productos que solo encuentras en sus supermercados.

Ese “allí” cada vez está más lejos y no puedes traerlo aquí.

Si te sientes así, no te preocupes. Todo pasa.

La herida se cierra, se transforma en cicatriz, y llegará el día en que podrás hablar de todo ello sin dolor. Será una parte de ti que no cambiarías por nada del mundo.

En la foto: Yo, de Erasmus en Berlín.