La ciudad y los pájaros

A pesar de haber pasado todos los veranos de mi vida en el campo, soy, en esencia, una persona de ciudad. En ella me muevo con naturalidad: sé adónde ir, qué buscar, qué calles evitar cuando intuyo peligro. Manejo el transporte público, conduzco con paciencia y recorro las calles en bici sin miedo.

Quizá por eso, cada vez que he vivido en otro país he prestado especial atención a pequeños detalles urbanos que para muchos pasan desapercibidos, pero que para mí son esenciales. Entre ellos, los pájaros. Me fascina observar cómo colonizan la ciudad, en cualquier lugar del mundo. Son la última presencia salvaje que no solo toleramos, sino que incluso admiramos.

Mi primera gran experiencia fuera de España fue en Alemania, y una de las primeras cosas que me sorprendieron fueron los cuervos. En mi ciudad no hay, y de pronto me encontraba con cuervos negros o grises en casi cualquier árbol, graznando con un sonido que siempre había asociado a películas de terror.

Poco después me fijé en los gorriones, tan abundantes como en España, pero allí parecían más redonditos, casi como pelotas de tenis. Pensé que el frío alemán exigiría un plumaje más denso que en mi querida Andalucía, la tierra del sol.

El siguiente país donde viví fue Chile. Cambio de continente y cambio absoluto de fauna urbana. Allí descubrí aves de todo tipo, aunque las más llamativas rara vez estaban en los árboles. Recuerdo a los teros paseando por el césped de la universidad, solos o en pareja, orgullosos y elegantes, siempre a ras de suelo. Lo mismo ocurría con las bandurrias, que aparecían en cualquier parque pequeño, hurgando la tierra con sus picos largos. Sus sonidos no me impactaron tanto como el de los cuervos; quizá porque no los asociaba a ningún recuerdo previo.

Más tarde pasé un año en Toronto, Canadá. Además de ver patos preciosos, cerca del lago Ontario me encontré con manadas de gansos territoriales y altivos. Si te acercabas demasiado, corrías riesgo de un picotazo. Eso sí que era vida salvaje en plena ciudad. Aun así, esos gansos malhumorados dan nombre a la marca de ropa de invierno más apreciada del país: Canada Goose.

Tras varios años recorriendo el mundo, me tocó volver a casa. Al regresar a Sevilla, conduciendo por la SE‑30, vi sobrevolar mi coche varias parejas de cigüeñas. No me acordaba de ellas. En toda América no había visto ninguna, ni en Chile ni en Canadá, y casi había olvidado que formaban parte del paisaje de mi ciudad, igual que las palmeras o los naranjos.

Al contemplarlas, sentí un calor familiar. Me recordaron que estaba de vuelta. Esas cigüeñas enormes y elegantes, blancas con puntas negras en las alas, volando sobre mi cabeza, eran un recordatorio de que aún queda algo salvaje en el mundo. De que no todo está cubierto de cemento.