El acento como patria

Con 18 años tuve que aprender a pronunciar vocales nuevas. Que no os engañen: nuestro cerebro está preparado para absorber el lenguaje cuando eres bebé o niño; conforme creces, todo se vuelve más complicado. Hay cosas que sí puedes incorporar a base de repetir y memorizar—vocabulario, gramática, estructuras—pero el acento… el acento te delata.

Esa erre que debería salir de la garganta y no de la boca, esas eses con otra textura en la lengua, esas tes que no chocan contra los dientes… Y la entonación, claro. Hay lenguas que se cantan hacia arriba y otras hacia abajo; voces que salen de la boca y otras que vibran en el tórax.

Cuando entré en la universidad empecé alemán y descubrí que lo más difícil no era ni el acusativo ni el género neutro, sino obligar a mis dientes, labios, lengua y garganta a pronunciar la Ü como la pronuncian en Frankfurt. Porque puedo decirla como lo haría cualquiera en el barrio de la Macarena, sí, pero la gracia está en sacar mi boca—y mi cerebro—de mi propio barrio, de mi país incluso, y hacerme pasar por Angela Merkel.

¿Para qué si no paso horas estudiando alemán? Desde luego no es para que me digan que tengo un acento muy dulce y que les encanta veranear en Mallorca. No, no: es para sacar esa erre gutural, esa u con labios de i…

Años así. Me esfuerzo. Vivo dos años en Alemania, y llega un momento en que logro engañar con algunas palabras, pero en general sigo siendo “la española con acento”.

Con el inglés también lucho. Pero tiene algo curioso: la mayoría de la gente con la que lo hablo tampoco es nativa. Son griegos, italianos, checos, noruegos… La tolerancia es alta. Con entendernos basta. A veces hablo con irlandeses y me fijo en su entonación cantarina; otras veces con californianos estirando las vocales o con escoceses que parece que escupen las palabras.

Mi obsesión por domar mi acento inglés llegó al aterrizar en Canadá: Hablantes nativos. Yo quería pasar por canadiense. Siempre me empeño en retos imposibles: jugar a ser otra persona. Cuando era niña me hacía pasar por princesa, doctora o maestra; de adulta, por canadiense.

Y me doy cuenta de que el inglés es todavía más complicado que el alemán. Echo de menos las reglas fonéticas alemanas, echo de menos las tildes españolas. Tanto que las criticamos y luego resultan ser un salvavidas. En inglés cada palabra nueva es una incógnita: no sabes cómo se pronuncia y tienes que memorizarlo. No hay reglas. Pura anarquía fonética.

Algo cambió al volver de Canadá. No sé si fue una pizca de nacionalismo, una redefinición de prioridades o el simple proceso de crecer y decidir quién quieres ser en el mundo.

O quizá fue preguntarme: ¿es que no me entienden si hablo con acento español? ¿Tan difícil es hacer un pequeño esfuerzo para comprenderme?

Si tengo acento español al hablar otros idiomas es porque soy hispanohablante.

No lo exagero; intento hablar lo mejor posible. Pero ahora mi obsesión va por otros caminos: descubrir palabras raras, entender acentos poco familiares, colar refranes o expresiones en el momento exacto (a veces con más éxito que otras…).

El acento, en cambio, ya no me quita el sueño. Tal vez porque soy andaluza y tantas veces me han corregido personas de otras regiones de España, ahora defiendo mi acento con capa y espada, incluso cuando hablo en otras lenguas.

Porque al final he entendido algo: el acento no es un error. Es una biografía sonora. Una pequeña patria que llevas en la boca.